Capitulo II: La cruz en medio del Pantano
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| Photo By: Natalia Deprina |
Capitulo II: La cruz en medio del Pantano
Marcela le protestaba al viento cada vez que este se le metía entre las piernas, especialmente cuando este estaba frío. La falda del vestido se le levantaba haciéndola parecer una de esos toldos enormes que los vendedores de frutas colocaban en medio de la plaza cuando la temporada llegaba. Definitivamente el viento ese día no estaba de buen humor, Marcela podía sentirlo, la piel se le erizaba con cada ráfaga mientras caminaba. La pradera tenia un color amarillento, muy triste, a pesar de que las margaritas hacían parecer que en el lugar alguien hubiera puesto una enorme sabana del color del sol. Generalmente a Marcela le encantaban las largas caminatas, muy a menudo se deslizaba por entre los matorrales en busca de nuevos senderos, tratando de acortar el camino. En pocos minutos el camino cambió de una zona de tierra a asfalto negro y liso, en un santiamén pisaría el centro de San Cipriano.
Esa tarde Marcela se disponía a comprarle una hebilla nueva a su marido, quería que de alguna manera Vicente reviviera su espíritu alegre y quizás reemplazando la hebilla opaca de su sombrero por una nueva, podría lograr devolverle al menos un poco de brillo en los ojos. Muy pocas veces iba al centro de San Cipriano sola, no le gustaba el olor que despedían los autos, el humo negro que salía de ellos la enfermaba, no entendía como aun habían arboles en los alrededores respirando ese aire tan putrefacto. Las ventanas de las casas y sus plantas colgantes parecían pintadas a la pared, solo al acercarse o al notar que dentro de ellas algo se movía, podías darte cuenta de que eran ventanas verdaderas. Alguna que otra puerta de madera la asombraba, con sus relieves y sus rosas enormes talladas en cada división, le gustaba tocar aquellas puertas, sentir las hojas y las ramas entre sus dedos, le hizo recordar cuando detallaba las mismas rosas y tallos en la camisa bordada de su madre aquellas veces que se sentaban a mirar a Rafael corretear a las palomas en la plaza cuando ella tenia 5 años.
Unas cuantas veces Marcela fue sorprendida por los dueños de las casas mientras admiraba aquellos detalles en las puertas, algunas veces no escuchaba cuando le preguntaban –¿Señorita, conoce usted al dueño de este lugar? O –¿Sabía usted que yo vivo aquí? Marcela solo respondía con una sonrisa y el rubor en sus mejillas se intensificaba mientras daba un paso atrás y se perdía entre las esquinas. Cuando pisaba los adoquines irregulares de las calles que rodeaban la plaza se perdía en sus pensamientos, le gustaba sentir cada adoquín, sabia que esas eran las calles originales de San Cipriano. Levantó su cabeza y fijó la mirada en la campana de metal oscuro que yacía dormida en la torre mas alta de la iglesia, le gustaba como era visible desde casi todo el pueblo gracias a sus cuatro ventanas a cada lado. El Sonido se extiende hasta muy lejos, el viento lo lleva consigo –Pensó. DE pronto se le vino a la mente que Doña Cleotilda en varias oportunidades dijo que Marcela estaba perdiendo la cabeza, igual que su madre.
Había como mínimo 6 tiendas donde vendían sombreros en San Cipriano, por lo menos 9 de cada hombre en el pueblo tenia un sombrero en la cabeza, pero ninguno llevaba la emblemática herradura plateada que su marido, ninguno de los hombres que conocía llevaba ese toque tan especial en su sombrero. Por esa razón Marcela quería devolverle fervientemente ese icono tan especial que lo hacía único.
–Debo suponer que usted es Marcela–, le susurraron desde atrás.
–A sus ordenes– pero no había nadie quien recibiera la respuesta, Marcela miro a su alrededor, no había mas que una pared, la voz de esa mujer vino del infierno.
–Aquí arriba señorita––.
Marcela miro hacia arriba. Era Fermina Leonelli, la esposa de un pudiente ganadero de San Juan de los Morros. Marcela se enteraría de ello varios minutos después.
–A sus ordenes, señora, si, yo soy Marcela Zamora–. Respondió confundida, pero educadamente.
–Creo que te reconocí por esa larga melena que te cuelga de la cabeza–. Soltó una pequeña risita irónica. –Tu color de piel es exquisito, ninguna en San Cipriano tiene el cabello tan largo y hermoso como el tuyo–.
–Muchas gracias… discúlpeme usted, casi no vengo al centro de San Cipriano–. Expresó de manera sincera. –¿Usted es? –. No quiso sonar atrevida.
–Fermina… Fermina De Leonelli, Seguramente ha oído de mi esposo–. Replicó.
–Seguramente, pero no lo recuerdo en este momento–.
Apoyaba los brazos sobre las barandillas del balcón, Marcela notó que estaba cruzando por una de las grandes casas que San Cipriano tenía. Una de las mejores zonas para construir, muy cerca de la plaza y la iglesia.
–Si me permite, en unos segundos estaré abajo–. Casi soltó otra risita.
Marcela estaba preguntándose que quería aquella señora con ella, una de las razones por las cuales no salía de su casa para venir a San Cipriano, era sin duda porque tenia fama de bruja y espiritista, de curandera y hasta de ‘Mujer del Diablo’, por ende las personas solían pedirle favores, a ordenarle que por el amor de ‘Dios’ ella debía ayudarlos con sus penas y problemas. Marcela solía evadir a este tipo de personas, pero no todo el tiempo tenía suerte. Muchas veces llegaban a pisar su casa solicitando que se les ensalmara el mal de ojo a sus hijos. Marcela aunque no quería caer de nuevo en ciertas costumbres de este tipo, no tenia mal corazón y trataba de hacer lo mejor posible. Fermina De Leonelli no seria la excepción, Marcela por educación se quedó de pie esperando su llegada, aunque quiso echar a correr y perderse en una esquina. La tienda de sombreros estaba tan cerca, no hubo mas remedio que el respirar profundo.
–Querida ¿Se te apetece una taza del mejor café que tiene San Cipriano? Mi esposo lo ha traido desde la propia Barbados–. Fermina la tomó por la muñeca y educamente la arrastró como un carruaje hacia dentro de la casa. No pudo evitar notar que la puerta de la casa era doble y tenia tallada de cada lado una infinidad de rosas y claveles, arbustos y pajarillos posados en las ramas.
–Señora… Leonelli, es muy amable, pero necesito ir a comprar unas cosas que no pueden esperar hasta mas tarde–.
–Solo serán 5 minutos–. Replicó. El poder de convencimiento era el arma preferida de Fermina. –Pensé que nunca te encontraría, hace dos días fui a el lugar donde vives, bonita pradera. Tu esposo Vicente me dijo que no estabas…
–¿Usted fue a mi casa… habló con mi marido?–. Interrumpió Marcela mientras se daba cuenta de que ya estaba sentada en un lujoso mueble de mimbre blanco con aletas a los lados, parecía un trono. Sus ojos de repente se fijaron en una mujer negra que traía en una bandeja de plata dos tazas de café color blanco marfil, una taza de leche y otra de azúcar acompañada de cucharillas y servilletas bordadas de tela. Marcela deseo tener esas servilletas bordadas tan exquisitamente, en su casa.
–Me acerque en la mañana ese día y al dia siguiente, no tuve suerte en ninguna oportunidad–. Aseguró mientras preparaba su café con mas azúcar de lo habitual, pero solo un poco de leche. –Sabes Marcela, últimamente no he tenido tanta suerte–.
Marcela se llevo la taza de café a la boca, como queriendo no responder. No había puesto siquiera un gramo de azúcar –La suerte va y viene Señora Leonelli–. Al fin respondió de manera serena.
–No para todos, diría yo–. Se aclaró la garganta. –Como te dije, te reconocí por esa cabellera frondosa, parecen cascadas de agua viva y negra, me habían dicho que tenías el mejor cabello del lugar, me rehusaba a creerlo–. Soltó una risita incomoda, mientras se tocaba un mechón de su propio cabello que colgaba sobre el hombro derecho.
–Gracias señora Leonelli, pero pronto deberé irme, necesito terminar unos asuntos y volver a casa–. Marcela se estaba impacientando.
–Claro, no faltaba más, no robare otro segundo de tu tiempo, querida–. Se limpió el labio inferior con la perfecta servilleta mientras colocaba la taza de café sobre la mesita de mármol justo en medio de las dos. –Mi suerte esta de mal en peor estos días, temo que mi marido esta descontento conmigo, siento que…
–Disculpe usted señora Leonelli–. Marcela levantó una de sus cejas muy sutilmente, quería salir de esa casa cuanto antes.
–Siento que… Marcela–. Cortó la frase y soltó casi un grito desesperado. –Ayúdame, no se a quien mas recurrir, tengo dinero, tengo mucho dinero…
–Señora Leonelli, no me ha dicho aún la razón por la cual estoy sentada aquí en sus muebles alados de mimbre, tomando café en una de sus tazas perfectamente trabajadas–. Marcela no quiso sonar mal educada, pero se estaba impacientando.
–No puedo tener hijos–. Respondió Fermina con la cabeza gacha. –Ya lo hemos intentado muchas veces, pero en cada intento, casi lo logro, al cabo de un mes, la sangre baja y no se detiene, luego viene aquello, aquella masa de carne, mis hijos se mueren al cabo de un mes–. Se enjugó las lagrimas con la servilleta bordada en rosas. –Marcela, tu eres mujer, igual que yo–. Tomó un sorbo de café, aunque esta vez parecía no haber bebido nada. –Imagino que Dios te ha bendecido con un hijo, quizás es una niña–.
–Señora Leonelli, aun el tiempo y las circunstancias no me han dado la dicha de llevar en mi vientre tan semejante regalo–. Respondió mirándola a los ojos, aunque dirigió su mirada hacia uno de los ventanales, melancólica.
–¿Es usted católica Marcela? Fermina estaba dispuesta a mantenerla encarcelada hasta que a ella le apeteciera dejarla partir.
–¿Puede preguntar por que siente que no lo soy? A Marcela estaba perdiendo la paciencia, dejó la taza de Te en la mesilla con tanto cuidado que ese segundo le pareció eterno.
–No quiero que se sienta ofendida, Marcela. Es solamente...
–Señora Leonelli, le suplico que me diga de una vez que es lo que quiere.
–Una mano amiga, eso es lo que quiero. Quiero que me ayudes Marcela, he oido de ti, de lo que puedes hacer...
–Disculpe usted señora, creo que tiene una idea muy equivocada de mi–. Respondió Marcela, su pulso estaba acelerándose.
–Mi intención no es ofenderte, Querida. He oído cosas buenas de ti, se que tu trabajo es extraordinario, y me refiero a que en realidad haces que las cosas crezcan hasta en los pantanos mas venenosos, eres una Diosa Marcela. Y en estos momentos los únicos que pueden ayudarme son Dioses.
–Soy tan mortal como usted, Señora Leonelli. Usted debe saber que...
–Somos mortales, si. Pero tu Marcela eres una mortal especial–. Una leve sonrisa apareció sutilmente en la cara de Fermina.
–¿Quiere que la ayude a tener hijos, eso es lo que usted señora quiere? Marcela se lanzó al vacío con tal pregunta, quería finalizar la situación.
–No te preocupes por el dinero, Marcela. –Afirmó, se echó hacia atrás, apoyo la espalda en la silla de mimbre y cruzó las piernas por entre el vestido–. Seguramente el dinero que pienso ofrecerte ayudaría a hacer crecer muchos de tus sueños...
–Señora Fermina, si tiene tanto dinero porque no paga a los mejores doctores en Caracas–. Marcela no dejaba de detallar el vestido de Fermina, le pareció hermoso, era tan blanco, de un blanco inmaculado, de pronto se preguntó como podría lograr la servidumbre mantener esos blancos tan impecables.
–Mi marido y yo hemos ido hasta Caracas en muchas oportunidades, nadie puede atender satisfactoriamente mis necesidades. Me he sometido, Marcela, a tratamientos ofensivos para cualquier mujer refinada–. Se le humedecieron los ojos.
–Su marido, Señora Leonelli, me ha dicho que le ha traído el mejor café desde Barbados, no se donde queda tal lugar, pero seguramente fuera de estas tierras, seguramente pueden ir allá y encontrar la solución–. Marcela creyó ver rodar una lagrima por la mejilla de Fermina.
–Sencillamente es imposible, Marcela. Mi marido ha hecho milagros por verme feliz, él también desea un hijo, uno varón. Pero el último doctor que me vio, aquí mismo, en esta casa, dijo que no lo intentáramos mas, que algo estaba mal dentro de mi, que mi cuerpo no podría soportar otra perdida. Nos dijo que cuando estudió en Alemania, sus maestros le educaron hasta mas no poder, y en cuestiones de abortos estaba muy bien enterado y que posiblemente se deba a algo que tengo en la sangre–. Fermina se enjugó las lagrimas, que esta vez brotaban a borbotones.
–Señora Fermina, usted luce muy joven, no debe rendirse ante tanto fracaso. Yo tampoco he tenido éxito, no he podido concebir desde que mi marido esta conmigo–. Marcela había bajado la guardia de tal manera que ese instante no quería irse dejando a aquella pobre mujer desconsolada.
–Marcela, dime que necesitas, que quieres para que puedes echarme una mano, para que puedas ayudarme, para que seas nuestra Diosa. Marcela, pareces ser una persona amable, una persona que solo necesita respirar para ser feliz–. Fermina se acercó hasta Marcela, su vestido se arremangó contra las piernas, sus rodillas cayeron al suelo. El café estaba frío ya.
–Fermina, dejemos esto muy claro. No soy esa Diosa que usted cree que soy. Soy solo una mujer en busca de lo mismo que usted... La felicidad–. Sin darse cuenta Marcela tenia las manos atrapadas entre las de Fermina, estaban tibias, muy suaves y cuidadas, aquella mujer no movía un dedo en esa casa.
Fermina se levantó, su vestido se enredó con uno de sus pies, pero no perdió el equilibrio. Se llevo las manos a la cabeza, las lagrimas no cesaban. –He perdido la Fe, Marcela. Lo he pedido todo, ya no acudo a la iglesia aunque las campanadas me exploten en los oídos cada mañana. Mi marido dice que estoy perdiendo la razón y que me amara aunque me vuelva loca tratando de encontrar una solución. Marcela siento que me va a dejar, por una mujer que si pueda darle lo que el quiere...
–Hay una forma, una muy antigua forma, Señora Fermina, la abuela de mi abuela se lo contó a ella, mi abuela se lo contó a mi madre, aunque yo no conozco a profundidad esta manera de hacer que una mujer se vuelva fértil como un Manantial, podría volver a estudiar detenidamente lo que ello conlleva y sus consecuencias. –Marcela estaba profundamente arrepentida de esa confesión, pero su corazón estaba quebrado ante las palabras y las lagrimas de Fermina.
–Marcela, ¿Podrías devolverle la felicidad a este hogar?–. A Fermina le brillaron los ojos, la confesión de Marcela tuvo un efecto instantáneo en ella. –¿Tienes tu propio libro de hechizos? Me encanta la idea–.
–Yo nunca dije que teníamos tal cosa, Señora Leonelli. Es mas me parece de muy mala educación y desagradable a la vez que piense que soy una Bruja con su respectivo libro de hechizos y encantamientos como todos dicen en San Cipriano...
–Mi intención nunca fue ofenderte, Marcela–. Interrumpió. –Yo solo... es que he escuchado tantas cosas, eres famosa entre las mujeres, se que has ayudado a muchas a resolver problemas que parecen ser una maldición y que sin duda satisfactoriamente han obtenido buenos resultados–. Suspiró y se llevó las manos a la boca, como queriendo tragarse lo que había insinuado del libro de hechizos.
–No somos Brujas, Señora Fermina. Nunca me he considerado como una. Las personas hablan mas de la cuenta, nadie sabe de goteras en casas ajenas, y le ruego que no sea participe de esas habladurías. No le eche mas leña a la candela, Señora–. En los ojos de Marcela casi se encendió la luz de la ira. –El hecho de que mis antepasadas hayan sido intermediarias de los poderes que habitan en esta tierra, no quiere decir que anduvieran volando en techados ajenos queriendo escuchar conversaciones ajenas, ni mucho menos queriendo espiar entre relaciones amorosas para finalizarlas a su conveniencia mas adelante–. Su tono de voz había desarrollado cierta autoridad, lo cual había hecho que Fermina tomara de nuevo su asiento. La condenada parecía una muñeca de porcelana con sus mejillas sonrojadas y su perfecto peinado. –Pensó–.
–Nunca quise ofenderle, Marcela. Usted sabe que no quiero hacerla parecer una Bruja delante de mis requerimientos–. Fermina se levantó de su silla nuevamente y se arrodilló a los pies de Marcela. –No estoy quebrada frente a usted por capricho, estoy pidiéndole con toda mi alma que me ayude con esta pena que me tortura–. Tomó a Marcela de la mano, la tibieza se había transformado en frialdad, tenia las manos heladas–.
–Fermina, solamente le pediré algo a cambio–. Marcela parecía no tener otra escapatoria a tan incomoda situación. –Su discreción, solo eso quiero de usted. Que sea discreta con respecto a todo lo que le voy a hacer. A mi esposo no le agradan estas cosas, por ende me toca hacerlas a escondidas de él, lo cual no me gusta porque no me complace ocultarle nada al hombre que confía en mi–.
–Lo entiendo perfectamente, Marcela. De mi boca no saldrá ni una sola palabra con respecto a esto–. Se levantó y le tomó las dos manos, esta vez apretándolas sutilmente. –Estoy agradecida, Marcela. No sabes cuanto, siento que mi vida esta a punto de cambiar–.
–Y lo hará, Señora Leonelli, lo hará–. Marcela clavó su mirada en Fermina, que parecía ahora asustada, pero no tanto como para correr. Marcela sintió que su propio corazón estaba acelerado, sabia que lo venia a continuación seria contundente. Había jurado no volver a trabajar en conjunto con su don y aquello a lo que se rehusaba a reconocer, aquello que estaba junto a ella a cada instante y que la atormentaba, hoy en día mucho mas que antes. –Ahora ya debo irme, Señora Leonelli–. Marcela estaba a punto de darse media vuelta, ya había divisado la salida, estaba decidida a salir del lugar.
–Marcela, espera por favor–. Casi salió un grito por entre los dientes perfectos de la Señora De Leonelli. –Espera, quiero que tengas algo, como parte de mi agradecimiento, no es un pago, Marcela. Es un regalo–. Salio corriendo hacia un salón y luego se oyeron pasos apresurados que se perdían, a Marcela no le dio tiempo de escapar, tampoco se iría sin hacérselo saber antes a Fermina, así que espero.
Los pasos de Fermina se escuchaban arriba, en el segundo piso. Un portazo en la parte superior retumbó como si un tambor hubiera sido tocado solo una vez, de nuevo el mismo portazo. Marcela se estaba preguntando que estaría buscando esta mujer. Dio varios pasos al rededor de la mesa de mármol, tocó con los dedos la fibra vegetal revestida de blanco que componía la estructura de las sillas, le gustaba aquella sensación desigual pero perfectamente entrelazada, le daba firmeza a las alas y fuerza al respaldo. Los cojines eran tan hermosos como la misma silla, blancos inmaculados con bordes dorados y una pequeña rosa de oro en el centro.
–Marcela–. Gritaron desde el salón contiguo. –Gracias a Dios no te has ido–. Fermina estaba agitada, el perfume se había mezclado con el poco sudor que corría por su cuello y su frente. –Toma, Marcela. Es un presente, un regalo, quiero que tu lo tengas–. Fermina colocó entre las manos de Marcela un collar dorado compuesto por un Camafeo de un tono levemente plateado con una figura exquisitamente tallada que sobresalía sutilmente dándole forma al busto de una mujer blanca llevando una diadema. –Lo compré en Francia, Marcela, hace unos cuantos años. Solo lo utilicé una vez, pero pesa demasiado para mi delgado cuello, ademas a mi marido no le gusta la idea de andar con un objeto que podría causarme alguna molestia física–. Aseguró, su tono era firme, pero no humilde. –Ábrelo, dentro puedes colocar dos fotografías, una a cada lado, o quizás guardar algo muy valioso que no quieras perder de vista–. Fermina sonrió levemente.
–Señora Leonelli, con todo respeto. ¿Que le hace pensar que yo podría usar tan hermoso objeto guindado al cuello cuando ni siquiera se que es una fiesta elegante o un baile donde Franceses se junten para conversar sobre sus mansiones y negocios en el sur? Muy en el fondo, Marcela amó el Camafeo, pero en cuanto sus dedos sintieron su relieve, en cuanto sus manos sintieron la frialdad de la cadena que la sostenía, dijo: –No puedo aceptarla, discúlpeme Señora Leonelli–. Le devolvió la prenda y le cerró la palma de la mano alrededor de ella.
–Llámame Fermina–. Esta bajó el tono de voz a tal grado que casi era audible. –Tómalo de vuelta y disfruta de ella. Eres hermosa Marcela, dale uso a esa belleza, complementarla con esta cadena será suficiente, se que tienes hermosos vestidos–. Le introdujo el pesada objeto en uno de los bolsillos del vestido.
–Solamente la voy a aceptar porque me parece hermosa, Fermina–. No como parte de pago, pues no pienso aceptar ni un centavo, mas como un regalo que sabre apreciar. –Marcela tanteó en el bolsillo, el relieve era extremadamente duro, seguramente era valioso. –Lo único valioso que tengo en la vida es mi familia, y nada es mas valioso que eso–. Marcela quiso dejar claro que un objeto brillante no podría comprar sus servicios.
–No me malinterpretes, se que eres una mujer honrada y honesta. Una piedra nunca sera mas valiosa que lo que sientes por tu familia–. Fermina decidió tomarse el atrevimiento y la tomó por el brazo, lentamente dirigiéndose a la salida. –Marcela, querida mía, se que nos falta mucho por conocer en este mundo, mas sin embargo se que seremos buenas amigas y sin duda confidentes.
–No cabe duda, Señora Fermina, que el tiempo es quien decide–. Marcela respondió usando el mismo tono y volumen de voz que Fermina. –Ya es hora de partir Señora Leonelli, su casa es hermosa–. Miró a los alrededores, hacia el conjunto de sillas de mimbre.
–Fermina, Marcela. Llámame Fermina, por favor–. La apretó cariñosamente en el brazo. –Yo iré hacia tu casa...
Marcela la interrumpió. –No, Fermina, no me busques, no menciones mi nombre. Yo te buscaré, pronto lo haré–. Tomó a Fermina de las manos, con un gesto rápido y casi media vuelta se posó al frente de ella. Una mano se deslizo hacia la mejilla de Fermina. –Pronto, y gracias–. Marcela salió por la puerta sin mirar atrás, el sol estaba mas al oeste que nunca, el tiempo se le había ido, pero aun la tienda estaba abierta, podría ir a buscar lo que desde el principio pretendía.
Fermina permanecía en la puerta, observando a Marcela caminar. Notó el peso en el bolsillo de Marcela, ese Camafeo tallado en Marfil había jugado un buen papel o eso pensó Fermina. Nadie podía resistirse a una joya como aquella. Con cada paso que Marcela daba, la joya le rozaba el muslo, su peso era placentero, nunca había tenido nada igual a eso, lo único valioso material que pudo haber tenido era la cadena que su difunto padrino le había regalado, cuando tenia 7 meses y su bautizo se llevó a cabo, en la misma iglesia imponente por la que estaba cruzando en ese momento.
Su mirada se perdió un instante en la trémula luz que salía de la iglesia, sus altísimas puertas de madera exquisitamente talladas estaban abiertas. La luz de las velas en conjunto con la del inmenso candelabro que pendía desde el techo elevado y cóncavo de la cúpula principal hacían del interior una escena intrigante de color sepia, los amarillos y los marrones claros se fundían junto al blanco de las paredes. Las altas sombras detrás de cada monumento sagrado bailaban lentamente como fantasmas ansiosos por despegar de sus esquinas y volar libres. Marcela se acercaba mas y mas, su mano se posó sobre una hilera de rosas de madera, sus dedos identificaron una serie de pétalos perfectamente unidos a un capullo. Un rostro enorme en una esquina le lanzó una mirada aterradora, sus ojos brillaban, en su cabeza una especie de esfera metálica que se asemejaba al fuego ardiente del sol; era San Cipriano, su barba estaba finamente pintada sobre su mentón. Entre sus manos un pesado libro sostenía. Su expresión bajo aquella luz no era la mas atractiva.
Marcela se vio tentada a cruzar el umbral de la entrada y encender quizás una o dos velas en nombre de su hermana y su abuelo, la invadía una sensación inexplicable, como si algo la estuviera arrastrando desde dentro, como si algo le estuviera halando las entrañas con una enorme mano con garras. Esa sensación la hizo cerrar levemente los ojos, su mirada se tornó borrosa, pudo ver sus propias pestañas. A lo lejos en las primeras bancas, unas cuantas mujeres parecían congeladas en el tiempo, solo sus velos de vez en cuando se movían al son de la pobre brisa que descendía desde una de las ventanas de la cúpula. Marcela se llevó la mano al pecho, con un apretón suave tomó uno de sus senos y empezó a masajearlo mientras sus piernas temblaban levemente. El rostro de San Cipriano le sonreía. Los pétalos en el capullo le daban el soporte necesario para mantener el equilibro, su mano se metió por entre la blusa, el pezón erecto y duro estaba tibio, lo apretó y lo masajeó, casi salió un gemido de placer, estaba extasiada. Pudo sentir que debajo de la falda una mano tocaba sus muslos, estaba casi en el suelo, sus rodillas estaban a punto de colapsar. La virgen María con el corazón en la mano la invitó a apretarse aun mas fuerte el pezón, la invitó a que lo pellizcara. Detrás de su bordado vestido azul y blanco y su inmaculada perfección se encontraba un hombre alto y delgado, la estaba invitando a entrar, Marcela pudo leer en sus labios lo que decía, aunque no pudo notar si eran labios lo que estaba descifrando. El Diablo la estaba invitando a despojarse del vestido y entrar a la iglesia, a bañarse en esperma hirviente de los cientos de velones encendidos. Marcela mojaba sus labios mientras la mano seguía subiendo hasta su ingle, rozándole con los dedos el vello púbico, era casi irresistible contener un grito de placer.
Una de las mujeres que dentro de la iglesia se encontraba, de pronto lanzó un grito: –Hereje, Bruja–. Se levantó de la banca con una mueca y una actitud ofensiva, con una mano en el pecho y el grotesco libro negro de letras doradas apretado entre si. –Bruja, Blasfema–. Repitió.
Las mujeres restantes se levantaron de un salto, el grito de la anciana rebotó contra las paredes de la iglesia, subió hasta la cúpula y bajó en un segundo. Marcela tembló, salió de su trance, tenía las manos heladas, el corazón palpitando a millón, su mano y su pezón se habían separado hace tiempo ya, pero mantenía la posición casi imposible con respecto a una postura normal.
–¿Cómo te atreves?, ¡Bruja!–. La anciana se acercaba muy lentamente, el bastón de madera resonaba con cada paso. –Bruja, Mujer del demonio–. Repetía. Dejó caer la Biblia en el suelo con un sonido seco con eco.
La iglesia de San Cipriano había sido construida no hacía más de 100 años. Su estructura era colosal, una de las más grandes jamás construidas en las cercanías. La cúpula central de la iglesia se alzaba justo en medio de cuatro enormes paredes, sostenidas a su vez de altas y pesadas columnas. A un lado, una torre alta casi en forma de Obelisco se erguía como un gigante sosteniendo una campana color bronce, la campana parecía ser custodiada por 4 ángeles, cada uno en cada pared, justo en medio. Eran las 4 ventanas que Marcela siempre había observado tan detenidamente. Dicha estructura, según registros, había sido encargada por un Cardenal que ayudó a fundar el pueblo, este cardenal trajo consigo una cantidad considerable de esculturas que representaban a cada entidad importante de la religión católica; La Virgen María, un Cristo con su corona de espinas y la enorme cruz clavada a su espalda, un Jesús de Nazareth con su vestido violeta oscuro y detrás de él, su ayudante, la enorme cruz que sostenía era sencillamente exquisita. Algunas de esas esculturas fueron reemplazadas por nuevas y brillantes hechas de Yeso y otras de madera. El San Cipriano había llegado a la iglesia 20 años después de su construcción y desde entonces ha ocupado la misma esquina justo de cara hacia la entrada principal. El Cardenal decía que había mandado a colocar al patrono del pueblo en ese lugar, estratégicamente para cuando el pueblo dirigiese la mirada hacia dentro de la iglesia, sea el primer ‘Santo Divino’ que vean.
–Bruja, Mujerzuela–. Se escuchaba desde el fondo de la iglesia. Afortunadamente en ese instante parecía que el pueblo había muerto enteramente, pues ni alma vio correr a Marcela hasta perderse en la primera esquina que encontró. Su corazón latía muy rápidamente, parecía que iba a explotar. –El Diablo me quiere condenar a la desdicha y a la desgracia–. Dijo en voz baja, mientras su mano helada se apoyaba contra una pared de ladrillos rojos, la arena y trozos de ladrillo cedieron ante el liviano peso de su mano. Por entre las uñas de la mano izquierda, la madera de los pétalos yacían incrustados como espinas. ¿Qué tan fuerte había sido aquella experiencia?, ¿Qué tan perdida estaba?, El Diablo estaba esforzándose para que Marcela lo invitara de nuevo a entrar en su vida.
Definitivamente aquellas ancianas la habían reconocido, nadie la había llamado bruja desde aquel incidente hace dos años atrás. La palabra simplemente le desagradaba, le asqueaba, pensaba que era mejor llamarla Mujerzuela, que Bruja. La anciana que le lanzó ese grito infernal había sido Valentina de Gonzales, viuda del general Juan Antonio Gonzales, una de las figuras mas reconocidas en San Cipriano debido a sus enormes aportes en la construcción de la plaza y muchas de las calles del pueblo. Valentina era muy devota a la iglesia, era considerada un icono de paz y seguramente trascendería en el tiempo como la mujer católica mas dedicada a los asuntos de iglesia como ninguna otra.
Pero Marcela conocía su corazón, lo conocía tan bien que la aborrecía. Hace dos años una serie de incendios se originaron en San Cipriano, los cuales arrasaron con al menos 5 casas y parte de la hacienda Naiguatá. No hubo sequia tan aterradora como la de ese año, el río parecía haberse secado, las quebradas que lo alimentaban habían desaparecido completamente. Fue una época donde siquiera una llovizna se apareció por error, hace dos años el sol pareció nunca ponerse en el horizonte. La inclemencia del mismo mató sembradíos y ganado. Secó por completo el pantano y desapareció el verdor de las montañas, hace dos años casi desaparece San Cipriano. Los hombres con más poder en el pueblo se encargaban de transportar el agua, pero para su ganado y sus familias. El río se mantenía revuelto casi gran parte del tiempo ya que toda la población se acercaba a el buscando agua clara.
La hacienda Naiguatá era una de las más grandes de San Cipriano, dentro de sus linderos se encontraba un enorme pantano espeso que atraía a animales a beber de el y alimentarse, muchas veces Don Ezequiel Jaimes tuvo que correr a escopetazos a personas que intentaban darle caza a Capibaras y Dantas que se asentaban en el pantano. La Hacienda Naiguatá parecía no tener límites, eran incontables los bosquecillos y los manantiales que brotaban debajo de los árboles, las planicies eran interminables y tan verdes como los ojos de su dueño. Los vecinos lo apodaron más adelante como el Hato Jaimes.
La velocidad con que avanzaban los incendios desde los diferentes rincones de San Cipriano eran increíbles. Las montañas iluminaban el cielo nocturno, se podían oír a las aves marcharse volando en grandes cantidades, una nube blanca de garzas descendían desde la tierra hacia otros lugares. El humo ahogaba al ganado y la sed mataba hasta los grandes lagartos. La sequía duró 6 meses, sin compasión acabó con la poca esperanza que el pueblo tenía en cuanto a la llegada de la lluvia. Marcela arremetió muchas veces en contra de su voluntad y rezó a las nubes para que tuvieran piedad y bañaran al pueblo con su generosidad. Finalizando el sexto mes de sequía, varios de los pobladores de San Cipriano, incluyendo Don Ezequiel Jaimes acudieron en búsqueda de una posible solución, ya se habían perdido irremediablemente dos casas, las cuales se desplomaron a causa de un incendio que no se pudo ahogar con tierra ni piedras. Una vida había cobrado el fuego y Don Ezequiel temía por su ganado, pues ya había perdido a más de la mitad, el verdor del Hato Jaimes había desaparecido por completo.
Marcela se mantuvo impaciente por la llegada de la lluvia, ya no podía hablar con ella porque no se había aparecido, ni una gota había rozado su piel desde hacía meses. El hombre detrás del árbol de Mangos parecía sonreír placenteramente. En muchas oportunidades Marcela vio cómo su mano acariciaba el tronco del árbol con aquella mano oscura y huesuda, con sus uñas largas y mugrientas arrancaba pequeños pedazos de corteza mientras cerraba los ojos y se mojaba los labios agrietados con la lengua. Desde la ventana de su habitación cada mañana al despertarse podía ver al hombre lamerse los labios como excitado.
La tarde del 28 de Septiembre de ese año, Marcela procuró ignorar al Diablo, este le susurraba desde el árbol a casi 200 metros. Podía oírlo, podía sentir su aliento en el oído, le calentaba el cuello con ese aliento pútrido. Le estaba pidiendo que acudiera en su ayuda, la solución parecía ser muy evidente. Marcela se adentró por entre los matorrales, cruzó hacia la gran pradera donde solían crecer las margaritas que tanto adoraba y justo ahí, se quitó las faldas, el vestido quedó a un lado, la tierra estaba tan seca cuando se sentó sobre ella. Las rocas parecían haberse afilado, ofreció su cuerpo al viento caliente, cerró sus ojos y mediante pequeñas convulsiones sus ojos giraban a placer, su lengua lentamente comenzó a hincharse y los dientes hirieron con una cortada la punta de la misma. La sangre empezó a brotar y de un impulso hacia un lado, se volteó y besó la tierra, la escupió y lamió la saliva rojiza. Su boca estaba llena de tierra, estaba tan seca que los granos parecían flotar como polvo dentro de su boca. Escupió y lentamente las convulsiones cesaron. Con un leve respiro apoyó las manos en el suelo, su espalda se irguió y sus rodillas se arquearon, Marcela sintió una brisa fresca por entre las piernas y en consecuencia las abrió aún más, estaba pariendo el Milagro, el Don que tenía había parido la solución y la brisa fresca penetró en sus entrañas. Se levantó y escupió de nuevo, sacudió la tierra que se había incrustado en su cuerpo y regreso la mirada al escupitajo, la sangre parecía haber desaparecido, pues de espuma blanca estaba compuesto el líquido.
El Diablo la miraba soñoliento desde tan lejos en medio de la pradera, que cuando Marcela se detuvo a vestirse, sintió como sus pezones se hinchaban y sus muslos cosquilleaban. Marcela nunca había hecho el amor con el Diablo y esa no sería la primera vez, pues el acto que había acabado de hacer era sin duda en nombre de los elementos, estaba dedicado a la naturaleza y el Diablo estaba celoso, ella lo supo en cuanto terminó. Se recogió el cabello en un moño enorme y lo enrollo con un mechón restante. Echó a correr por entre los mismos matorrales y se adentro entre las espinas que tanto conocía. El Diablo la estaba esperando sentado en una roca polvorienta y gris, con las piernas cruzadas y una sonrisa alarmante y poderosa, fue la primera vez que le vio los dientes, le faltaban muchos de ellos, pero noto que los que tenía eran amarillentos, parecían madera podrida.
– ¡Aléjate Maldito espíritu! –. Marcela soltó un grito inaudible hacia el demonio huesudo que sonreía dándole la bienvenida.
El Diablo se lamia los labios, la lengua misma parecía lamerse así misma. Marcela pudo notar que por entre los dientes un líquido blancuzco y rojizo se asomó. Era la saliva ensangrentada que había ofrecido mediante el ritual a los elementos. Lanzó un grito colérico –Maldito demonio, ¿De dónde has salido? –. Marcela le arrojó una roca que le atravesó la frente como en una caída de agua cristalina, la figura oscura se movió solo un poco, como si un humo espeso hubiera sido perturbado por manos diminutas, el hueco que dejó la piedra se cerró tan rápidamente que a Marcela no le dio tiempo de pestañear.
Un fuerte golpe en la parte trasera de la cabeza sorprendió a Marcela, se llevó de inmediato las manos a causa de los reflejos y la tibieza inundó sus dedos, estaba sangrando. En ese momento supo que el Diablo le había devuelto la pedrada a sangre fría, por detrás. Marcela cayó al suelo de rodillas, el dolor era terriblemente insoportable, el Diablo sonrió y la empujó por la espalda, un ráfaga de aire caliente azotó el follaje, el sol en la cima parecía querer meterse por entre las ramas, pero no podía. El ambiente se tornó oscuro, Marcela había perdido la batalla a causa de sus actos desesperados. El dolor de la pedrada azotó su vista, la cual se tornó borrosa y sus sentidos se fueron desvaneciendo mientras en el suelo yacía inerte, la respiración desacelero y de pronto llegó la noche.
Valentina de Gonzales volteó la vista hacia lo que parecía ser un enorme perro negro lamiendo un cadáver dentro de los matorrales cerca de la pradera. En su camino hacia la casa de Marcela se encontró con una escena que cambiaría las perspectivas de su vida para siempre. Esa mañana se había enterado que Don Ezequiel Jaimes y varios de los pobladores de San Cipriano se habían dirigido a la casa de los Zamora en busca de Marcela y sus dones para la sanación y la cura de enfermedades, el alivio a los males y el mal de ojo. Valentina había escuchado que Don Ezequiel estaba convencido de que San Cipriano entero sufría de un terrible mal de ojos, que algún visitante lo había maldecido en su visita y que el pueblo mismo estaba pasando por una etapa de terrible enfermedad. Valentina de González estaba convencida de que Don Ezequiel había perdido la cabeza y que las personas que lo acompañaban sin duda lo hacían siguiendo a cual siempre había sido una figura respetable. Valentina estaba dispuesta a acabar con tanta patraña en nombre de Dios y la iglesia de San Cipriano.
El matorral se movía incesante, aunque no tenía mucho follaje, las ramas entrelazadas cubrían tan tupidamente la zona que era casi imposible ver a través de él. –Maldito perro–. Susurró. Pero no tenía cola, no había indicios de orejas alargadas cuando decidió acercarse a aquel animal y a su presa. Se sobresaltó al ver un pie, y el vestido arremangado contra las piernas. –Por el amor de Dios, es una mujer–. Valentina agudizó la voz y miró hacía atrás buscando a alguna persona que pudiera ayudarla. –Sal, animal–. Gritó. Alcanzó una piedra del suelo con dificultad y trató de arrojarla, pero en vano solo pudo hacer temblar unas hojas que sobresalían. El animal estaba encima de la mujer cuando Valentina se acercó hacia el matorral, la mujer tenía el cabello sobre la cara, parecía que alguien le hubiera enmarañado la frondosa cabellera, se la hubiera despeinado y luego se la hubiera lanzado en la cara. Pudo ver que la sangre había manchado las hojas secas debajo de su cabeza. <<Está muerta>> Pensó.
El Diablo estaba sobre Marcela, sobre su vestido. Le estaba lamiendo la boca por sobre el cabello, le acariciaba los senos y le mordía el cuello suavemente. En un instante el espíritu había derribado a Marcela con la misma piedra que ella le había arrojado. En un segundo Marcela había perdido la conciencia y en su desmayo el Diablo había expresado su interés sexual atreviéndose a hacerle el amor muy superficialmente. Le escupió la boca con un ruido estruendoso, como el de las tormentas de invierno, el líquido lechoso y amarillento que salió de su boca era tan espeso que el cabello de Marcela sobre su cara se transformó en una pasta grumosa y consistente. El Diablo le introdujo la pasta hedionda con sus dedos, el cabello de Marcela formó parte del alimento que el espíritu trataba de introducir en su boca. De nuevo escupió tan ruidosamente que el sonido esta vez se asemejó al de un enfermo con gripe y flema en sus pulmones, verdoso era el contenido que acompañaba la saliva, el demonio se ocupó de nuevo en que el líquido formará parte de la boca de la pobre inconsciente, metió sus dedos como en un hoyo y hurgó como buscando al conejo que habitaba en el.
Valentina se asombró al notar que no era un perro, por unos interminables segundos el grito que venía a continuación casi no salió de su garganta. Sus piernas gordas y frágiles ágilmente dieron unas zancadas atrás mientras aquel grito invadió el ambiente mudo que la rodeaba. Un chillido nítido y agudo salió de la boca de Valentina mientras iba en picada hacia atrás, su pensamiento contenía el reflejo de lo imposible <<El Diablo estaba haciéndole el amor a Marcela Zamora, La Bruja de San Cipriano>> Cayó sobre una roca que amortiguó la caída, su espalda se arqueó casi de una manera imposible ante la solidez de donde había descendido y se llevó la mano izquierda a la cadera. Su mirada no se apartaba del demonio que había clavado sus ojos en ella, en un instante Valentina pudo notar que las llamas ardientes de un infierno real bailaban como doncellas dentro de los ojos eternamente oscuros de la criatura, doncellas con vestidos rojos y bordados de amarillo. Gritó como nunca antes, gritó como nunca nadie lo había hecho, el dolor era insoportable, su espalda se había roto en mil pedazos, no podía moverse. Nunca apartó la mirada del matorral y de sus huéspedes. Una brisa hirviente azotó el rostro de Valentina mientras una ráfaga de aire y polvo se levantó desde la nada y barrio todas las hojas secas que rodeaban su alrededor. La criatura se elevó junto al polvo y las hojas tan livianamente que Valentina pensó que era una ilusión, hasta que el mismo demonio alzó su brazo y la señaló mientras se elevaba en el aire, el viento se hizo espeso, frío y oscuro, la tierra parecía haberse mojado mientras la criatura de desintegraba en la nada. Una sonrisa distorsionada se dibujó en la cara del demonio mientras Valentina temblaba como una niña ante un fantasma. Gritó de nuevo y su corazón lo sentía estallar.
No podía levantarse, su espalda estaba hecha pedazos. Marcela se encontraba aún inconsciente dentro de aquella guarida maldita. No cabía duda de que Marcela era la mujerzuela del diablo y Valentina se encargaría de hacérselo saber a todos los habitantes del pueblo, a negarle la entrada a la iglesia y a que posiblemente dejará atrás San Cipriano. Unos minutos fueron suficientes para que Valentina en su terror y angustia se levantara con gran dificultad, apoyó su mano derecha en la roca y manteniendo la izquierda en la cadera se impulso torpemente, sus facciones se contrajeron formando una infinidad de arrugas en su rostro, el dolor era la figura principal de la escena en esa cara demacrada y vieja. Sus ojos se posaron en aquellas piernas, en sus senos y en el rostro cubierto en cabello y mugre de Marcela, sus pasos eran firmes, el dolor no cesaba. No sabía si ayudar a aquella desdichada hija del Diablo o irse y simplemente acusarla con el Párroco. No tendría pruebas, pero tenía la confianza de todos los católicos devotos del pueblo, además de ser una dama respetada, su palabra era como un sello que la diferenciaba de las demás mujeres.
Marcela sintió la amargura en su boca, un olor fétido como el que deja un animal putrefacto bajo el sol invadió su olfato, tenía el cabello sobre la cara, podía ver que el sol en la cima proyectaba rayos blancos. Sus manos extendidas lograron cambiar de posición, una de sus manos llegó hacia su rostro en busca de una explicación, quitó la maraña de pelo que la cubría con la mano restante, el líquido lechoso y hediondo que tenía por doquier se adhirió a sus dedos, parecía miel pero olía extremadamente mal, el olor que desprendían los zorrillos no era digno de comparación con la solidez y consistencia de este olor tan nauseabundo. Valentina de González estaba frente a ella, podía verla por entre las ramas, tenía una mano en la cintura y otra colgando del otro lado, parecía estar escudriñando desde donde estaba hacia adentro. Marcela levantó aún más la cabeza y la estudió detenidamente antes de tomar una decisión. Se levantó y casi no podía ver debido al resplandor.
Una leve llovizna estaba cayendo sobre ellas, las nubes grises estaban acercándose unas a otras formando un cúmulo enorme que pronto abarcaría toda la extensión del cielo visible.
–Maldita bruja, te he visto–.
–Mucho más respeto, señora Valentina–. Respondió Marcela mientras se levantaba y salía del matorral, de pronto estaba casi al frente de la mujer. – ¿Con que derecho? –. Preguntó.
–El Diablo te hizo el amor, y yo lo vi–. Valentina aseguró y con su dedo regordete la señaló. –Maldita Bruja–. Repitió.
A Marcela se le heló la sangre, el corazón se le detuvo por un segundo, una leve sensación de vergüenza y pena azotó su cuerpo. –Calumnias–. Respondió.
–Sabia que tu madre era amante del Diablo, pero tú, Marcela, has seguido sus mismos pasos hacia el infierno–. Valentina nunca bajó el dedo frente a su cara, señalándola.
–Mi madre está muerta–. Vieja maldi…
Valentina interrumpió a Marcela con una carcajada. –¿Muerta?, Las personas que juegan con el Diablo no mueren. Tu madre está pudriéndose donde debe estar, no tendrá paz mientras tu, sigas manteniendo relación con ese maldito demonio que cubre a tu familia con su manto negro–.
–El único demonio que tenemos en la familia es la calumnia–. Marcela tenía ganas de vomitar, por su garganta bajaba lentamente ese líquido pastoso y amargo.
–¿La calumnia? –. Valentina echó una carcajada. –La calumnia con bases tan sólidas como lo que acabo de ver. –No podrás ir más a nuestro templo–. Con un movimiento lento trato de girar su cuerpo en dirección al camino de vuelta.
–Usted no es quien para negarme la entrada a la casa de Dios–. Marcela soltó una lágrima seca.
–¿Cómo te atreves a pronunciar el nombre de mi Dios por entre esos labios malditos. ¡Mírate! Estás cubierta por el semen del mismísimo Satanás. ¡Bruja! –. Gritó de nuevo.
Marcela trato de limpiarse los restos del líquido que se había tragado, pero eso hubiera hecho que Valentina pensara que estaba aceptando la realidad, la cual desconocía. –No juegue conmigo, Valentina, yo se quien es usted, conozco su corazón–. Marcela lanzó una mirada penetrante hacia aquellos ojos aterciopelados.
–¿Tu conoces mi corazón? –. Valentina soltó una risita. –Yo se que tratas de hacer, muchachita maldita, estás condenada. Nada de lo que hagas hará que yo extienda en el pueblo este secretito tuyo con tu amante infernal–.
–Yo se de ti, Valentina. Se muchas cosas y el pasado siempre revive–. Marcela cambió su peso de lugar, la cabeza le hervía como agua a merced del fuego.
–¡Cállate! –. Gritó Valentina, su tono se tornó aún más amargo. –No sabes nada de mí, eres una Bruja y todos los que te conocen te aborrecerán por las acciones y las decisiones que han hecho de tu vida una desdicha–.
–No le temo a quienes como yo, han hecho de su vida una desdicha a causa de nuestras decisiones y acciones–. Marcela se pasó la mano por la frente, despejandola de los restos de cabello y secándola del rocío que bajaba flotando desde las alturas. –Yo te conozco Valentina Hernández. Te conozco como mi madre te conoció a ti. Y se que eres un enorme cofre donde se hallan los más oscuros secretos–. Rió suavemente, nunca apartó la mirada de Valentina, pudo notar que su mirada se agudizó, sus arrugas se acentuaron y su entrecejo se frunció creando grietas casi imposibles en su rostro humano.
–Tu madre no estaba en la capacidad de hacer nada bien por esta tierra. Llevaba consigo una maldición heredada y ella te la dejo a ti y a la enferma que tienes como hermana…
Marcela se abalanzó sobre Valentina, postrándole una cachetada que hizo su cara un lienzo blanco bañado en color rojo. Podía notar que en pocos segundos sus dedos marcados aparecían en la mejilla. –Nunca… nunca te atrevas a pronunciar una sola palabra en contra de mi hermana, nunca… ni siquiera mi madre merece que la nombres. No tienes derecho–.
Valentina se llevó la mano derecha casi al instante a la cara, pudo sentir la calidez del golpe, la tibieza de la cachetada hirvió y se enfrió casi de inmediato. –¿Cómo osas? Maldita insolente–. Quiso devolverle el golpe, pero el dolor en la columna no la dejó moverse ágilmente. El movimiento fue torpe y casi ridículo.
Marcela soltó una carcajada. – ¿A qué mujer le robaste la criatura que lanzaste al pantano del Hato Jaimes? A Valentina se le heló la sangre. –Lo único que no me contó mi madre fue del color de la piel de esa indefensa criatura–. Marcela soltó una risa inaudible. –¡Que lastima que nunca pudiste tener uno propio!, El pago que hiciste no fue suficiente para que tu vientre reviviera–. Volteó la mirada hacia las montañas, ya varias habían desaparecido bajo el velo de la lluvia en la lejanía. –Nunca debiste sucumbir ante la promesa de la concepción–.
–¡Maldita!, Maldita tu y tu madre. Maldita tu hermana lisiada y enferma. Maldita tu, Marcela Zamora, Malditas Brujas–. De Valentina nacían lágrimas imperceptibles, la lluvia había alcanzado una espesura considerablemente pesada y refrescante.
–Ya te dije, vieja decrépita, que de mi familia no se atreva a siquiera pronunciar una palabra–. Marcela no resistió la frescura de las gotas tan finamente dulces que descendían desde las nubes y extendió los brazos hacia el cielo. –Tenía la curiosidad de ver como reaccionabas ante ese acto tan vergonzoso–. Volteo la mirada y le guiñó un ojo. – ¿Qué te ha dicho Dios sobre eso? –.
–No tienes valor para enfrentar tus miedos, maldita Bruja–. Respiró profundo, el dolor había desaparecido ante la rabia. –No tienes agallas para pedir el perdón de Dios, porque sabes que te será negado. No tienes un espacio reservado dentro de la lista del señor…
–¿Y tu si? –. Interrumpió Marcela, su tono era exquisitamente tranquilo y sarcástico.
–El Perdón se gana mediante el arrepentimiento. No eres quien para juzgarme–. Replicó serena.
–¿Qué crees que pensó Dios cuando le diste de comer al pantano un ser vivo, un ser indefenso, inocente? ¿Qué crees que pensó tu Dios cuando el llanto ahogado de esa criatura se enmudeció por el agua pantanosa que lo rodeaba? –. Marcela giró su cuerpo y se acercó a Valentina que estaba temblando, el agua bajaba por su rostro, Marcela se preguntó si eran lágrimas o la lluvia. – ¿Qué sentiste, Valentina. Cuando soltaste a aquella criatura en el agua ennegrecida y se hundió como una piedra? ¿Qué sensaciones tuviste cuando tomaste el barro y lo untaste dentro de tu sexo llenándolo con lo que creías seria tu salvación? –. Valentina yacía callada, temblando y con el ceño fruncido, sus labios temblaban. –Seguramente no sentiste nada. No sentiste nada porque no quisiste escuchar a mi madre La Bruja que tanto odiabas. No te aseguraste de que el ritual era el correcto. ¿Alguna vez te preguntaste si lo estabas haciendo mal?–. Marcela lanzó una mirada al cielo nuevamente. –¡Dejaste que la calumnia que con tanto afán repites, te engañara! Dejaste que la gente distorsionara tu entendimiento, y en vez de acudir a La Bruja y dejar tu orgullo atrás, decidiste actuar bajo tu propia voluntad.
Valentina en su desdicha yacía empapada por la fina lluvia que se engrosaba a cada segundo. Muda en su posición ya no sentía dolor, pero sí remordimiento, culpa e indignación. Valentina podría ser desechada en ese momento, estaba ausente de su cuerpo, viajó hasta aquella época de la cual se sentía profundamente arrepentida. Llevada por sus deseos de concebir un hijo propio, arremetió contra la vida de un ser humano indefenso, considerando que Dios la juzgaría en el futuro, pero imponiendo los deseos de ser madre ante toda creencia, respeto a la vida y ante el propio Dios.
–¿Alguna vez pensaste en suicidarte? –. Marcela no cesaba de disfrutar de las gotas que caían en su rostro, sentía una purificación absoluta. –¿En acabar con toda esa culpa? Imagino... No, estoy completamente segura que el llanto ahogado de esa criatura no te deja dormir por las noches–. Volteó el rostro hacia Valentina, su expresión se asemejaba a la de una mujer muerta. –Imagino que te persiguen aquellas imágenes; Un niño ahogándose lentamente mientras tú, teniendo el poder de detenerlo, simplemente lo empujaste con un palo para que terminara de descender a las profundidades–. Marcela cerró los ojos, giró nuevamente su cabeza hacia el cielo, sus manos peinaban lentamente su cabello mojado. –¿Qué sientes cada vez que miras a un bebé en su carruaje?, Llevas esa cruz en tu espalda Valentina Hernández, Tu marido te repudia porque nunca le diste un hijo, tu misma te repudias por los actos que has cometido–. La hediondez en la boca de Marcela se convirtió en un olor indescifrable mientras hablaba, su olfato estudio el aroma, parecía el perfume que usaba su madre.
Valentina muy lentamente dio media vuelta, apoyó de nuevo la mano en la cadera y con paso firme pero lento decidió alejarse, con lágrimas imperceptibles en los ojos, encogida de hombros y con la cruz enorme de madera en su espalda. La lluvia continuaba tomando fuerza, las gotas cada vez se hacían más gruesas, la cabellera de Valentina parecía una montaña grisácea de la cual ríos salados nacían. Saboreo el agua que bajó desde su frente y su nariz hasta su boca <<Las lágrimas pueden ser el sentimiento mas amargo que emanan de un ser humano>> Pensó.
–La cruz Valentina–. Dijo Marcela en su dirección. –La cruz en medio del Pantano–. Repitió. –Esa es la cruz que cargas sobre la espalda, esa es la cruz que cargarás siempre hasta el día en que mueras. Y prometo que asistiré a tu funeral y te llevaré de las hierbas altas que crecen en el como ofrenda en vez de flores–. Fue la primera vez que Marcela se movió del lugar en el que estaba postrada como estatua, sintiendo la lluvia. –Quisiera que algún día encontraras la paz, Valentina–. Finalizó, con paso firme y satisfecha caminó en dirección a su casa, más allá de la pradera donde un fino torrente de lluvia caía como una bendición del cielo.

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